¿Está en riesgo el futuro del turismo rural en Canarias?

Pedro David Díaz Rodríguez. Geógrafo, experto en turismo rural y propietario de Las Vigas Vivencia Rural

Estos días de crisis turística mundial, en donde todavía en Canarias no nos terminamos de levantar de la tremenda cachetada que nos ha dado el COVID-19 en nuestra casi única industria, se oye repetidamente una misma afirmación, y esta es que el turismo rural saldrá reforzado y será la modalidad alojativa que mejor y antes se sobreponga, por su carácter aislado e íntimo y por su ubicación en zonas rurales, amparadas en una naturaleza única. Lo dicen las encuestas y lo dicen la mayor parte de los analistas, pero yo esta afirmación la pongo muy seriamente en duda.
Honestamente considero que la pequeña situación privilegiada que pueda tener el turismo rural a priori en estos momentos, no es más que un espejismo, porque el turismo rural en Canarias hace ya tiempo que languidece. ¿Y por qué digo esto?


Vayamos al análisis de partida. Cuando en Canarias pensamos en “turismo rural”, todos tenemos mentalmente la idea implícita de que son alojamientos conformados por casas antiguas de construcción tradicional (cada uno de acuerdo a las especiales singularidades de su zona, isla,
época, etc.), bien conservadas, ubicadas en un entorno rural emblemático. Y esta idea lleva funcionando muy bien de manera implícita todo este tiempo. Es por así decirlo, la única circunstancia nítida que permanece en esencia acerca del turismo rural 30-35 años después de su
nacimiento. Pero es precisamente su carácter singular, de edificaciones tradicionales y de necesaria conservación, lo que supone a su vez una trampa para el inversor, porque al tratarse de edificaciones vetustas, la mayor parte de ellas están catalogadas y protegidas, por lo que cualquier intervención que se pretenda realizar en ellas necesita de la aquiescencia de todos los organismos que ostentan la tutela y protección sobre el patrimonio y la disciplina urbanística. Y no digo que esto no se deba hacer, sino que pongo de manifiesto que esta realidad hace que se encarezcan enormemente los proyectos y los honorarios técnicos y se tenga que soportar una burocracia administrativa pesada, circunstancia que no ocurre con otras modalidades alojativas. El turismo rural soporta sobre sus
hombros todo el peso de la exigencia y del rigor normativo, ya que está absolutamente regulado, y en donde el peso de la burocracia administrativa resulta en ocasiones desmedida e injusta, al igual que también lo es la fiscalidad que soporta.

Cuando hablamos de turismo rural, hablamos de una actividad turística que se realiza en el campo o en un entorno rural. Por tanto, el turista podrá tener acceso a un alojamiento único, pero al mismo tiempo podrá disfrutar de los productos o de las actividades que realiza el propietario, el cual puede tener quizás su propio vino, o quizás puede ser apicultor o un pequeño ganadero a tiempo parcial. Un turista que se aloja en una casa de turismo rural espera sentir una vivencia, una experiencia que la debe proporcionar el propietario y/o el entorno que lo rodea. Pero esta cuestión, aunque pueda parecer contradictoria, no la contempla el Decreto por el que se aprueba el Reglamento de la actividad turística de alojamientos (sí lo roza ligeramente, a criterio de quien suscribe el presente artículo, la ley 4/2017, de 13 de julio, del Suelo y de los Espacios Naturales Protegidos de Canarias), pero todo queda en nada. El agroturismo en Canarias sencillamente no existe, y el turismo rural es únicamente un alojamiento; una casa de turismo rural no puede ofrecer desayunos, ni cenas, ni siquiera los productos propios de la tierra,… Conseguir los permisos para ellos son equiparables a los de cualquier gran industria del sector agroalimentario. ¿Pero en qué quedamos entonces?¿No era el turismo rural la modalidad más próxima a nuestra esencia rural e íntegra canaria? ¿No debiera protegerse más? Nuevamente, tenemos otra limitación más, absurda e incomprensible, cuando lo que se pretende (al menos eso es lo que se dice sobre el papel) es que el turismo rural sea el que genere rentas complementarias y fije personas al territorio, fundamentalmente en zonas rurales deprimidas.

El turismo rural tiene su lugar en las medianías. No puede ni debe haber casas rurales en las playas ni en las zonas turísticas de mayor afluencia; es una modalidad pequeña, que tiene que ir a esas zonas que guardan los tesoros de nuestro patrimonio natural, rural y cultural. Sin embargo, desde hace unos años ha irrumpido con una fuerza descomunal la modalidad conocida como alquiler vacacional, que no entiende ni de espacios, ni de zonas, ni de modalidades constructivas. Representados y mostrados de cualquier manera (apartamentos, villas, cabañas de madera, cuevas, casas terreras, pisos,…) se ubican también en cualquier lugar (zonas de playas, zonas urbanas, urbanizaciones, grandes ciudades, …), y también, en los pueblos y en las medianías…, es decir, el lugar por esencia del turismo rural. En la actualidad se pueden encontrar viviendas vacacionales en cualquier portal de alquiler turístico, situadas en cualquier lugar, ubicadas en suelos que de acuerdo a los planeamientos municipales estarían absolutamente prohibidas (suelos rústicos de protección agrícola o ambiental incluidos, donde sólo debiera existir el turismo rural con las exigencias de la legislación urbanística vigente). Y aparecen en forma de casas terreras o cabañas de madera; pero también (y muchas), en forma de tiendas, yurtas, chamizos, colgadizos, covachos,etc; compitiendo en el lugar del turismo rural, con muchísimos menos gastos que el turismo rural y con muchísimas menos exigencias administrativas y fiscales. Todo esto se realiza con la la pasmosa inacción de las administraciones locales, insulares y regionales, que permiten que de manera flagrante se vulneren las directrices urbanísticas y territoriales, y con la complacencia de las asociaciones de alquiler vacacional, que con el discurso de la libre competencia y del derecho a la propiedad privada, se olvidan de que existen unas normas urbanísticas que todos debemos cumplir por igual. Al igual que el turismo rural no puede ubicarse en cualquier sitio, el alquiler vacacional tampoco. Pienso que cuando cualquiera de estas edificaciones o construcciones se ofrece como alojamiento turístico rural en nuestras medianías estamos falseando nuestro destino turístico y desvirtuando el producto.

El turismo rural en Canarias deambula solo dentro del panorama turístico insular, con pocos que lo quieran, lo defiendan y protejan,… No existe una promoción específica para los alojamientos canarios, no existe una bonificación que incentive a los promotores a reformar sus casas y ponerlas en explotación como alojamiento. Es mucho más sencillo convertir cualquier alojamiento en alquiler vacacional, fundamentalmente porque todo funciona con actos comunicados previos y la administración no tiene suficientes mecanismos de inspección para controlar la enorme cantidad de supuestos alojamientos con licencia que se han dado de alta los últimos años. Creo que se corre el serio riesgo de que el turismo rural pierda su esencia en Canarias y desaparezca. Si no se ofrece al huésped una verdadera experiencia rural, si no se permite al propietario que genere rentas complementarias con sus productos rurales más allá del alojamiento íntegro, si el peso administrativo y regulador no se flexibiliza y humaniza, si no se promociona específicamente y se lo mima como lo que es, una de las reservas del poco patrimonio arquitectónico canario que ha llegado a nuestros días, considero que se corre el riesgo, más pronto que tarde, de que sea engullido por el alquiler vacacional. Y es ahí donde tendremos que elegir si queremos que el turismo rural en Canarias sea realmente rural y siga existiendo, o por el contrario, se diluya y se convierta en un sucedáneo del alquiler vacacional llevado al campo. Si es así, si queremos que perviva,si nos enorgullece que Canarias cuente también con una digna representación de un sector turístico tradicional, reflexionemos sobre ello y trabajemos en su reformulación y en su verdadera protección y promoción.